CONVERSACIÓN NOCTURNA

(1877)

Jan Neruda (Praga, 1834-1891)

 

Una noche tibia de junio. Brillaban las estrellas y la Luna resplandecía sobre el fondo de la bóveda celeste, con cara risueña; reinaba en el ambiente una encantadora claridad; dijérase que las hadas de la primavera habían tejido en ella sus hilos de plata maravillosa.

Mayor, sin embargo, habría sido la alegría de la Luna si hubiera echado una mirada sobre los tejados de la calle Ostruha, y especialmente sobre los de dos casas vecinas: la de Los dos astros y la de La bodega profunda.

Aquellos tejados eran muy curiosos —de un salto se podía pasar del uno al otro—, pues estaban formados por un conjunto de salientes y entrantes muy pintoresco. Especialmente llamaba la atención el tejado de mil y un perfiles de la casa de Los dos astros, de forma de silla, con «dos pináculos a la calle y dos al patio. En el centro, entre los dos pináculos, había un canalón muy ancho, partido en dos por una estrecha pasarela. Por encima de ésta, sin embargo, había otro tejado aún más pequeño, cubierto, como los demás, de tejas oblongas, que formaban en él innumerables canalones. De la pasarela se pasaba, por dos grandes puertas, al canalón central, que corría por toda la extensión de la casa como una raya bien peinada por la cabeza de uno de los elegantes de Praga.

De pronto se oyó, cerca de una de las puertas, un ruidito parecido al leve chillido de un ratón.

Y otra vez sonó el ruidito.

En el marco de una de las puertas que dan al patio aparecieron la cabeza y el pecho de un hombre. Con agilidad saltó al canalón. Era un joven de unos veinte años, flaco, de cara morena y pelo oscuro; sobre los labios empezaba a sombrear el bozo. En la cabeza tenía un fez y en la mano un tubo negro, en cuyo final había una pipa de yeso. Vestía americana, chaleco y pantalón de color gris. Era Jan Hovora, estudiante de Filosofía, para servir a ustedes.

«Hago la señal, y no hay nadie», murmuraba. Y se adelantaba hasta una chimenea en la que había pegado medio pliego de papel. De repente se pasó la mano por los ojos y miró más de cerca.

«Había alguien aquí; alguien me ha cam…», dijo de nuevo. «No; no me lo han cambiado; es mi papel. Pero…» Y se acercó todavía más. De improviso se dio una palma, da en la frente. «¡Ah! Es que el sol se ha comido mi hermoso poema. ¡Vaya un goloso! Precisamente lo mismo que le pasó al poeta Petöfy. ¡Pobre Kupka! Ahora tendrá que pasar la víspera del día de su santo sin ese, cántico. Y lo siento, porque ¡era tan bonito!» Cogió el papel, lo rompió y lo tiró por encima del tejado.

Se sentó, llenó su pipa y la encendió. Después se estiró sobre las tejas, que conservaban todavía algo de calor del sol, y apoyó los pies en el canalón.

Otro chillido de ratoncito y Hovora contestó con el mismo sonido, sin volver la cabeza. Salió otro joven, algo más bajo, pálido, de pelo claro, con la cabeza cubierta por una gorra azul semejante a las que usaban los legionarios de la Universidad técnica en el año 1848. Vestía chaquetilla corta y pantalón de dril blanco; en la boca tenía un cigarro encendido.

—¡Servus, Hovora!

—¡Servus, Kupka!

—¿Qué haces? —Y el estudiante Kupka, futuro ingeniero, se estiró lentamente al lado de Hovora.

—¿Qué hago? He comido unas gachas de hace dos días y ahora estoy esperando que me hagan daño. ¿Qué has cenado tú?

—Yo he cenado como el propio Dios.

—¿Y qué cena el propio Dios?

—Nada.

—¿Eh? Pero ¿qué haces que te estás moviendo continuamente?

—Quisiera quitarme las botas. ¡Qué falta nos hace un sacabotas! ¡Si tuviéramos en nuestra casa, por lo menos, esta pieza del mobiliario!

—Un sacabotas no es pieza de mobiliario, pertenece a la familia.

Perezosamente volvió Hovora la cabeza hacia su amigo.

—¿Qué diantre de cigarro estás fumando? —le preguntó.

—El más barato. ¿Es que lo hay peor? A pesar de todo me gusta nuestra casa —exclamó Kupka, mirando el tejado. Y luego, elevando los ojos al cielo, continuó—: ¡Qué techo más bonito!

—Además es una casa barata.

—Cuanto mayor sea el cuarto, tanto más barato. Dios tiene el cuarto más grande y no paga absolutamente nada.

—Parece que a ti te da por la devoción la víspera del día de tu santo.

—¡Oh tejados, mis tejados! ¡Mi único amor! —decía, entusiasmado, Kupka, agitando su cigarro en el aire. Envidiaría a los fumistas si no desempeñaran un papel tan negro en la vida.

La conversación se deslizaba tranquilamente, con intervalos apropiados, en voz baja. Resulta curioso observar que los hombres hablan involuntariamente en voz baja siempre que se encuentran en las profundidades de un bosque grande, en lugares solitarios y en las cumbres de las montañas.

—¡Qué noche más hermosa! —siguió diciendo Kupka—. ¡Qué silencio! ¡Se siente el murmullo del agua como entre sueños! Y ahí en el Petrin, ¿no oyes a los ruiseñores? ¡Qué algarabía! ¡Escucha!

—Hace tres días que se han terminado las fiestas de San Vito y se han acabado los cantos, menos el de los ruiseñores. ¡Qué hermosura! Por ningún precio quisiera vivir en el barrio antiguo (Staré Mésto).

—Verdad. En cuatro leguas a la redonda no hay allí un solo pájaro. Ni siquiera saben a qué se parece un pájaro.

—Por lo pronto hay aquí dos —dijo en ese momento una voz poderosa como la de un sochantre.

—¡Novomlynsky, servus! —exclamaron Hovora y Kupka.

El recién llegado, hombre de más de treinta años, salió a cuatro patas al tejado, muy despacito.

—¡Diablos! —rugió entonces, incorporándose poco a poco a ellos—. Esto no es para mí; no estoy acostumbrado.

Novomlynsky era de estatura mediana, rollizo, de cara morena, afeitada y redonda; tenía los ojos azules y risueños, y por debajo de las narices lucía un enorme bigote. En la cabeza llevaba también un fez y vestía americana negra y pantalones claros.

—No; yo no me puedo echar, como ustedes, sobre las tejas con esta chaqueta negra. ¡Vamos a sentarnos como es debido!

Kupka y Hovora ya se habían levantado. En sus caras la serenidad de antes se había trocado por una ligera sonrisa, y los dos miraron al recién llegado con gran satisfacción. Evidentemente gozaba entre los muchachos de gran respeto debido a su mayor edad. Novomlynsky se sentó enfrente de ellos, sobre la pendiente del segundo tejado y encendió un cigarro.

—¿Qué hacéis aquí?

—Estaba elogiando la Malá Strana —contestó Hovora.

—Yo miraba la Luna —dijo Kupka—. Miraba la casa de ese hombre muerto que tiene el corazón vivo.

—Ahora ya cree todo el mundo que se puede mirar a la Luna —repuso, riéndose Novomlynsky—. ¡Les estaría bien empleado tener que hacer números en la oficina, como un servidor!

En su voz resonante no había la menor atenuación. Novomlynsky también hubiera hablado en voz alta en las cumbres de las montañas y en el corazón de los bosques espesos.

—¿Qué hay de nuevo? ¿Es verdad que Jäkl por poco se ahoga anoche en el molino imperial? —preguntó.

—Todo lo contrario —repuso Hovora—; y eso que nada como una piedra de molino. Precisamente a mi lado resbaló y se cayó al agua. Lanzó un gruñido tremendo, se revolvió en el fondo y hasta la superficie subían grandes burbujas. Qué trajín hasta sacarle, ¿verdad, Kupka? Entonces le preguntamos en qué había pensado cuando estaba ahogándose, y nos dijo que le había dado risa, y ¡por eso lanzaba aquellos gruñidos!

Los tres rieron; la risa de Novomlynsky sonaba como una campana.

—¿ Y qué jaleo ha habido hoy otra vez en casa del profesor? —volvió a preguntar—. Usted, Hovora, lo sabrá.

—Algo muy divertido —contestó Hovora, haciendo una mueca picaresca—. La profesora descubrió unas cartas amorosas en la mesa de despacho de su marido. Eran de una mujer, llenas de declaraciones encendidas; y lo que es más gracioso, de ella misma. Se las había escrito hace unos veinte años, y hoy las descubrió ¡todavía sin abrir! Figúrense ustedes la rabia que le dio.

—Un sainete en un acto —exclamó, riéndose, Novomlynsky.

Estiró las piernas y dio una voz a Kupka. Éste se había ido hasta el final del canalón, donde, inclinándose sobre la cornisa del tejado, se puso a mirar el interior del patio. Pronto volvió, muy satisfecho del resultado de su expedición.

—Kupka, ¿qué diablos tiene usted que hacer ahí? ¿Qué estaba usted mirando? ¡A ver si se cae usted alguna vez!

—¿Qué estaba mirando? Pues miraba lo que hace el librero. Seguramente ustedes no saben que ese tío lee todos los días, desde hace veinte años, la biografía de Hus, y que siempre llora en cuanto se pone a leer. Miraba si hoy ya había roto a llorar, pero no había empezado todavía.

—¡Qué disparate! Más valdría que mirarais a otro lado —dijo Novomlynsky castañeteando los dedos—. ¿No se han fijado ustedes en la nueva nodriza de la cacharrería de enfrente? Parece un mirlo.

—Novomlinsky es como una buena ama de casa: ¡Siempre en guerra con las muchachas! —murmuró Hovora con compasión.

—iVaya si le dan guerra! —intervino Kupka—. Como que no le dejan ni dormir. Por las mañanas ya está a las cinco en la calle, porque sabe que las muchachas más bonitas van muy temprano a coger agua a la fuente, para que nadie las vea con las cubas.

—¡A callar! Yo sé dormir deprisa y por eso estoy temprano en la calle. Por lo demás… —y Novomlynsky quitaba despacio la ceniza de su cigarro en las tejas…—, ¡tiempos pasados! Yo era un terrible conquistador. Ocho pares de guantes gastaba al año. No, y la verdad es que todavía tengo suerte con las muchachas. Pero ¿es culpa mía ser tan guapo? Quisiera que ustedes me vieran en ese plan. Cuando hago una declaración de amor hasta da miedo verme. Pero —continuó, aún más deprisa—, ¿por qué no me entretienen ustedes con algo? ¿A quién le toca hoy fijar el tema de la conversación?

—A Jäkl.

—Entonces no viene —declaró categóricamente NovomIynsky—. Nosotros teníamos una vez un círculo para recaudar los gastos de las cenas. Cada día pagaba uno de los socios. Y al que le tocaba el turno no aparecía nunca, ni por milagro. Al decir esto levantó casualmente la cabeza y… ¡El ahogado! —exclamó con sorpresa.

En lo alto del tejado de enfrente había aparecido el tercer fez, y por debajo de él se reía la cara ancha y encarnada de Jäkl, como una segunda Luna.

—Ven aquí en seguida —gritaron los tres.

Jäkl fue elevándose despacito. Primero se vieron los hombros, luego el pecho y después la cintura.

—¡No acaba! —dijo Novomlynsky—. ¡Este tío podría salir por entregas!

Al fin apareció la pierna derecha y tras ella la izquierda; pero de pronto se le fueron las dos y, metiendo un ruido tremendo, cayó Jäkl por el tejado al canalón, yendo a parar a los pies de sus amigos.

Estos se reían a carcajadas. Parecía como si el tejado entero se riera; y hasta la Luna, arriba, en la bóveda celeste.

El que más se reía, sin embargo, era Jäkl mismo, echado aún de bruces, dando golpes con las puntas de las botas en el cinc del canalón.

Hacían falta algunos puñetazos y algún que otro puntapié, aplicado amistosamente, para que Jäkl se decidiera a levantarse. Y unos y otros los obtuvo. Con mucha calma se incorporó, puso en pie su impotente altura y, quitándose el polvo del traje de verano, de un color amarillento algo indefinido, exclamó:

—Ni una costura ha reventado.

Y se sentó satisfecho al lado de Novomlynsky.

—¡Ea! ¡A ver qué has encontrado para nuestro entretenimiento esta noche!

Jäkl, abrazando con sus manos las rodillas, se meció durante un rato hacia adelante y hacia atrás; después empezó tranquilamente:

—He pensado que cada uno de nosotros cuente los recuerdos más remotos que conserve de su vida. Por ejemplo, la primera novia que…

—Ya me figuraba yo que saldría con alguna estupidez —le atajó Novomlynsky—. ¡Parece mentira! Un estudiante de Derecho con la carrera terminada; un hombre que ha ganado ya unas cuantas oposiciones…

— ¡Bah! Usted tampoco vino al mundo hecho un sabio ya —contestó amoscado Jäkl.

—¿Yo? A mí me llevó mi madre en sus entrañas dieciséis meses, y cuando vine al mundo ya hablaba. Después he dado veinticuatro cursos de latín y cada palabra que hablo le costó a mi padre unos veinte krejcares.

—Pues yo creo que no es tan estúpido lo que propone Jäkl —observó Hovora, sacando la ceniza de su pipa—. ¿Por qué no probarlo? Es de suponer que tú habrás ya encontrado tu recuerdo más remoto, Jäkl.

—¿Yo? Naturalmente —aseguró Jäkl, meciéndose aún—. Recuerdo algo que pasó cuando aún no tenía dos años. Mi padre no estaba en casa y mi madre tenía que ir a un recado enfrente, adonde no podía llevarme consigo, y me quedé solo. Para que no me aburriese trajo mi madre de la cocina un ganso vivo, que tenía allí para engordar, y me le dejó para jugar. Pero a mí me asustaba la soledad y me abracé con toda mi fuerza al ganso. Y yo berreando de miedo y el ganso graznando como loco formamos un cuadro digno de ser perpetuado por los pinceles.

—Muy bien —asintió Novomlynsky.

Reinó un silencio profundo. Hovora trató de encender por tercera vez su pipa, y cuando lo consiguió exclamó, después de echar una bocanada de humo:

—Ya tengo también mi recuerdo. Una vez estaba yo con mi padre en el monasterio de Vorsilek y las monjas me sentaron sobre sus rodillas y me besaron.

—Eso es más bonito que lo del ganso —exclamó otra vez Novomlynsky—. Y usted, Kupka, ¿también tiene algo por el estilo?

Kupka se echó a reír.

—Mi abuelo fue sacristán en Rakovnik. Era muy viejo, y un día se le ocurrió que él mismo había de tocar las campanas anunciando su muerte. Así lo hizo; después se fue a casa y se murió. A mí me enseñaron el cadáver; estaba ya amortajado y en los pies tenía unos calcetines blancos; se los pusieron para que yo le besara el pulgar de uno de los pies; ¡no recuerdo qué superstición es ésa! Después me puse a jugar al lado de la caja mortuoria, en el taller del ebanista que la estaba construyendo.

—¡Esto va muy bien! —dijo Jäkl con alegría—. Ahora le toca a Novomlynsky.

Novomlynsky parecía mustio y callaba. Al fin, a instancias de sus amigos, habló también:

—Yo no tengo recuerdo remoto de ninguna clase. Es decir, tengo dos, pero no sé cuál de ellos es el más antiguo. Recuerdo cómo nos mudamos de la Casa de las Escaleras a la del Elefante, y que yo no quería marcharme de la casa hasta que llevasen mi cuna. Entonces llamé a mi hermana algo feo, algo muy feo. Mi madre me dio un bofetón y mi padre me castigó poniéndome cara a la pared. Realmente un niño es una criatura muy divertida. ¡Qué copia más cómica del hombre adulto! Tan bobo, tan indiferente a todas las consecuencias, uno tiene que creer en el Ángel de la Guarda. Mi primer libro de rezos estaba escrito en alemán; pero no sabía entonces ni una palabra de este idioma, y ¡claro!, durante un año entero estuve rezando sin saberlo la Oración para las embarazadas. ¡Menos mal que no me ha pasado nada!

Jäkl se había vuelto a dedicar a golpear el cinc del canalón con las puntas de sus botas. Novomlynsky le miró satisfecho.

—Me gusta Jäkl, porque en cuanto hace uno un buen chiste ve en seguida en él el efecto que produce. |

—Ni siquiera he pensado en reírme de su chiste —repuso Jäkl—; me reía de que se me estaba ocurriendo un disparate enorme. ¿Verdad que los antiguos romanos tenían también chicos?

—Así parece.

—Y aquellos chicos probablemente no sabrían hablar en seguida como el viejo Cicerón, y balbucearían lo mismo que los nuestros. Figúrense ustedes los críos aquellos balbuceando: «¡Aníbal delante de las puertas! ¡Aníbal delante de las puerta-a-a-s!» ¡Jesús, María y José!

Jäkl golpeaba con furia el cinc. Todos se rieron; y hasta el tejado y la Luna y todas las estrellitas parecían también reírse como si repitiesen: «¡Aníbal delante de las puertas!»

—Hoy va todo bien —observó Hovora.

Jäkl se había tranquilizado un poco y había vuelto a sentarse. Miró a Kupka y dijo:

—¿Por qué callármelo? De todas maneras, lo vais a saber. Os tengo que confesar una cosa: estoy enamorado. Es decir, no lo estoy, pero tengo que casarme; es decir, tampoco es eso; y no sé, en realidad, cómo explicarme.

—¿Es guapa? —preguntó rápidamente Kupka.

—¿Pero qué se figuran ustedes? ¡A ver si a sus mejores amigos iba a hacer él la injuria de casarse con una mujer fea! —intervino Hovora para defender a su amigo.

—¡Casarse! ¡Hom! A mí también me gustaría la vida en familia, pero me estorban siempre los maridos —sentenció gravemente Novomlynsky—. ¿Y qué tal de cuartos?

—¿El dinero? ¡Qué importa! Yo no voy detrás del dinero, detrás de la dote. Se acaba en unos años y sólo sirve para bebérselo en cerveza.

—¡Tan joven y ya tan noblote!

—¿Y de qué muchacha se trata? —preguntaron los dos a la vez.

—La Lizinka.

—¿Qué Lizinka?

—La de los Peralka; la del sastre de la calle de Seno. ¿La conocen ustedes?

—¡Claro que sí! —afirmó Hovora—. Son tres hermanas. La más vieja, María, no la puedo tragar. Si la miro empiezo a bostezar. Después viene la Lizinka, y luego, la Carla, que es un palo seco.

—¡Y tan seco! Como que cada vez que quiere abrir la boca tiene que mojarse los dientes con saliva. Y ya verán ustedes cómo es la que se casa la primera —apuntó Kupka.

Novomlynsky, perito en aquellos trances, levantó un dedo y declaró con tono predicador:

—Entre tres hermanas se casa siempre la más fea la primera. Eso es indudable.

—¡Sigan ustedes hablando disparates, sigan! —murmuró Jäkl—. Cuando la gente habla demasiado nunca llego a meter baza.

—La Lizinka es guapa.

—¡Ya lo creo!

—¿Y cuánto tiempo hace que os queréis?

—«Hará dieciocho años ahora… —Y en la cara de Jäkl se reflejaba una ligera ironía—. Yo cursaba el segundo año de la primera enseñanza y ella el primero. Era invierno cuando la conocí, y en seguida me enamoré de ella… para siempre. ¡Qué muchacha tan linda! Una cabecita como una amapola; el pelo, en trenzas largas doradas; las mejillas, como dos rosas. En la cabeza tenía un sombrerito verde, de seda, y del hombro le colgaba un lazo verde y amarillo. En su mochila aparecía bordado un perrito blanco de lana en un cielo azul. ¡Dios mío, qué perrito de lana! La muchacha no tardó en enterarse de los sentimientos que en mi corazón había despertado. Una vez me decidí a ofrecerle mi corazón, y cuando ella escapó, la alcancé y le quité el sombrero. Desde aquel día me sonrió y me comprendió. A hablarle no me atreví aún, y sólo cuando salíamos de la escuela me decidía a bombardearla con bolas de nieve.

»Dos años después daba clase a un muchacho más joven que yo, que vivía al final de la calle de Seno. De un modo natural comencé a rondar la casa de los de Peralka, y siempre Lizinka estaba delante de la casa. Sin sombrero y sin lazo me parecía todavía más hermosa. Sus ojos inocentes, limpios como el azul del cielo, me miraban siempre alegremente; la cosa era más fuerte que yo, que me ruborizaba cada vez que me miraba así. Nuestra amistad se hizo cada vez más íntima. Recuerdo que en cierta ocasión la encontré comiendo pan con manteca. Me acerqué. «Me daría usted un poquito», le dije. «Tome», repuso ella, y me entregó un trozo minúsculo. «Quisiera algo más», añadí en broma. «¿Para que no quede nada para mí? ¡Y con el hambre que tengo!» Y se echó a reír. Me alejé lleno de dicha, enseñándole desde lejos el trocito de pan que ella me había regalado. Fue una lástima que poco después los padres del muchacho a quien yo daba clase tomaran otro profesor para su hijo. Tenían la sospecha tonta de que nosotros no hacíamos otra cosa que jugar.

»Después no nos volvimos a ver casi durante quince años, hasta hace poco. Fue el primero de mayo, Era domingo, y se me ocurrió dar un paseo un poco más allá del Arco —no sé por qué tuve esa idea—; probablemente fue debido al magnetismo de los corazones. El caso fue que emprendí el paseo y que en la sarka me encontré con el viejo Peralka, su señora y Lizinka. ¡Parecía la muchacha una rosa que acabara de abrir! Sus ojos eran tan inocentes como antes, tan limpios como los de un niño. Y yo experimenté ante ella exactamente la misma sensación que dieciocho años antes, cuando era un chico.

»En la mesa a la cual me senté, la gente hablaba mal del viejo Peralka. “Cuando habla, siempre se pone el índice en la frente, para que la gente crea que piensa en algo. ¡Es un tonto el viejo!”, decía uno de mis vecinos. “Dicen —añadió otro— que pega a sus hijas cuando nadie las saca a bailar.” Me levanté. ¡Pobre Lizinka! Al lado se bailaba al aire libre. A mí no me gusta, como ustedes saben, bailar, pues soy muy alto y desgarbado y hago una figura cómica, pero poco me importaba entonces si iba a quedar bien o mal. En la mesa, con los de Peralka, estaba sentado ese viejo —¿cómo se llama ese viejo capitán retirado?; ¡ah, sí, Vitek!—. Estaba hablando con María. Le conocía, y por eso me acerqué y saludé a la familia. Lizinka se sonrió y después se ruborizó. Al cabo de un rato la invité a bailar. Miró a su madre y me prometió el rigodón, cosa que a mí me pareció muy bien.

»Bailamos el rigodón casi en silencio. Pero después dimos una vuelta a lo largo del río y allí entablamos conversación. Le pregunté si me recordaba, y ella, ladeando un poco la cabecita, se limitó a mirarme con sus ojos inocentes. Me sentí chico otra vez; hablé de las bolas de nieve, del trocito de pan con manteca, del perrito de lana… Estoy seguro de que ella pensaba lo mismo que yo. Después la acompañé hasta su casa. Como el paseo la hubiera fatigado un poco, le di el brazo. “Así, así: ¡los jóvenes, juntos!”, dijo el viejo y antipático capitán. Un hombre enamorado fácilmente toma a mal hasta las palabras bienintencionadas.

»Algunos días después recibí de Lizinka una carta en ja cual me decía: “A las tres, en la iglesia de San Nicolás.” No cabía en mí de gozo. De la iglesia nos fuimos al parque de Waldstein; allí nos juramos amor eterno y yo prometí que en septiembre terminaría la carrera y que en el término de dos años nos casaríamos. Ella entonces me llevó a sus padres; vi que el viejo Peralka era un hombre de muy buen trato y que la madre era una señora muy respetable; sólo María no me gustaba. ¡Me miraba siempre de un modo extraño!

»Poco después —hace unas cuatro semanas—, Lizinka tuvo que marcharse a toda prisa a ver a una tía suya que estaba para morirse.

»Y ayer vino a verme mi amigo el doctor Bures y me espetó, entre otras cosas: “¿Conoces a Lizinka Peralka?” “¡Claro que la conozco!” “Pues acaba de dar a luz un niño en el Instituto del hospital.”

Los amigos de Jäkl habían seguido el relato con atención, pero al oír las últimas palabras comenzaron a mirar hacia arriba…, por no saber adonde mirar.

—Y por la tarde —terminó Jäkl—, llegó el viejo capitán Vitek preguntando por ella y su salud y por lo que había nacido.

—Las chicas del casero nos están escuchando y se ríen —observó en voz baja Novomlynsky. Y desapareció por la ventanilla como alma que lleva el diablo. Detrás de él, Kupka y Hovora hicieron lo propio.

La luna, en el cielo, parecía alargar el cuello y aguzar el oído, como si escuchara; por debajo del tejado, unas risas ahogadas y después algo como un beso.

Acaso Jäkl oyó también algo parecido. Por lo menos volvió a abrazar sus rodillas y, meciéndose tranquilamente hacia adelante y hacia atrás, dijo: «Cuando se roba por la noche siempre es la ocasión la que trae el pecado.»